Algunas reflexiones en torno al progama de Dibujo
Un programa no puede ser un instrumento rígido; debe ser la forma particular de entender y querer expresar una materia y por ello se impone su explicación: la del conjunto de ideas que gravitan por encima de una formulación, más o menos sistemática, de contenidos y la derivada de las formas de llevar esos contenidos a la práctica docente. La flexibilidad es una de las características básicas de cualquier programa y debe permitir alargar o acortar, incluir y reformar cualquiera de sus partes conforme la experiencia diaria lo vaya exigiendo. La rigidez, pues, no es sólo imputable al planteamiento genérico del programa sino también a la manera o modo de hacerlo efectivo. La planificación de la actividad docente es muy compleja. El programa de cada una de las asignaturas que un alumno ha de cursar tiene que contener, a nuestro juicio, suficiente información sobre la materia, los objetivos y todas aquellas actividades complementarias que el profesor se propone enseñar. Bien es verdad que los programas exigen un número de horas mínimas de trabajo en el aula; este tiempo, previsible al iniciar un curso, rara vez se cumple plenamente por la pérdida, ya casi normal en nuestra universidad, de jornadas lectivas; pérdida con la que el profesor que diseña su programa no cuenta al iniciar su confección. Pero los programas no se hacen sólo para ser cumplimentados por parte del profesor y dentro del aula; la formación del alumno, protagonista central de la actividad pedagógica, exige su participación activa en el proceso de aprendizaje. El programa se piensa para las clases que se han de impartir y para las jornadas de trabajo personal de los alumnos. Muchos de sus epígrafes se resolverán por medio de lecturas, observación personal y reflexión crítica de dibujos de diversos autores, elaboración de dossieres, apuntes callejeros, donde el alumno irá descubriendo la razón de nuestra materia y se hará consciente de ser partícipe de su propia formación. Así entendido, un programa abierto posibilita o mejor incita al trabajo personal del alumno que se convierte en sujeto activo de la enseñanza. La extensión del programa no puede medirse. Hay programas largos y prolijos que se llevan a la práctica con meticulosidad y orden; hay otros, más cortos y generales que también consiguen la práctica adecuada y una correcta transmisión. Somos de la opinión de que el programa debe ser estrictamente personal y no debe plegarse a imperativos ajenos a la actividad del docente; éste es el único capaz de medir su extensión y ponderar sus contenidos. Tampoco el hecho, real, de la reducción de jornadas previsibles nos puede llevar a acortar drásticamente un programa ya que si lo hacemos peligrará el conjunto, la idea genérica que sobre nuestra materia poseemos y que nuestros alumnos tienen que asimilar. Otro de los aspectos esenciales, a nuestro juicio, de un programa es el rigor en el planteamiento de los distintos apartados y, también, el rigor en el lenguaje que los expresa. Una de las barreras con las que el universitario tropieza más a menudo es la lexicológica, ese no saber expresar lo que se entiende no es otra cosa que una carencia de recursos lingüísticos. Nuestros programas deben, pues, plantear a priori un lenguaje claro pero riguroso y ese mismo lenguaje debe presidir nuestras explicaciones de modo que los alumnos se habitúen a usar una terminología precisa. Por último nos cabe decir que un programa debe ser motivador. La motivación, ya se sabe, es el motor de arranque del aprendizaje. Es erróneo pensar que los alumnos universitarios no necesitan motivación. A veces, los contactos personales que tenemos con esos mismos alumnos, nos hablan de una auténtica necesidad de ser motivados. Es evidente que el elemento motivador por excelencia es el profesor, pero también un programa sugerente y bien explicado puede iniciar con éxito el desarrollo de la materia. Un alumno universitario es capaz de apreciar los matices del programa, de discutir sus partes si eso conviene y hasta de proponer alguna innovación. La presentación de cualquier programa debe contener todos estos principios que hemos enunciado: flexibilidad, apertura, unidad, rigor y motivación. Así entendido, el programa será para el profesor y para los alumnos un utensilio valioso para aprender, para transmitir inquietudes y para despertar el espíritu crítico y la actitud reflexiva.

luis castellanos dijo
hola soy profesor de la escuela de bellas artes de lima me interesa mucho tu pagina y espero siempre encontrar reflexiones sobre el que hacer de la enseñanza ddel dibujo. bueno te comentare algunas especificas.
saludos
15 Octubre 2009 | 07:25 PM